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Desde que nacemos el juego es una parte indispensable de nuestro aprendizaje. Es una forma de plantear retos, empatizar con situaciones y mantener activa nuestra mente. Y, por supuesto, de pasarlo bien, descansar y desconectar. No en vano es un derecho recogido en la Convención de los Derechos del Niño, aunque los juegos nos acompañan en cualquier edad.

Cada año, desde 2009, se celebra en todo el mundo un evento llamado Global Game Jam. Durante 48 horas y, simultáneamente, en más de 514 sedes en 72 paises se crean miles de videojuegos bajo un mismo eje temático. Un maratón que abarca desde el planteamiento inicial hasta su desarrollo final. El pasado fin de semana estuvimos apoyado la sede de la Universitat Politècnica de València en Gandia, donde hemos visto el nacimiento de 8 juegos. Y, jugando, jugando, al menos hemos podido aprender un par de cosas.

Una es la importancia que tiene el fomento de la creatividad, tanto en su vertiente artística como en su vertiente técnica. Vivimos en un tiempo en el que los avances tecnológicos permiten simplificar mucho tareas antes costosas, sobre todo en el ámbito de la informática. Esto ha permitido humanizar y lograr grandes avances en la accesibilidad a las nuevas tecnologías, pero al mismo tiempo puede representar un riesgo. La costumbre a las interficies simplificadas puede dejarnos a la voluntad del funcionamiento de estas y generar una dependencia. Por este motivo cada vez es más básica la capacitación en áreas como la programación. Y los videojuegos aquí pueden ser grandes aliados, ya que motivan a iniciarse en este campo a muchos de los que han crecido jugando con ellos.

Otra es que, por mucho que digan los agoreros, en la era de las TIC no estamos cada vez más alineados. Eventos como este muestran como la red permite que personas que comparten las mismas pasiones se encuentren y creen sinergías. La prueba latente es la convivencia y el trabajo en equipo que se realiza de forma maratoniana entre personas que se acaban de conocer. Con el añadido de no estar solo compartiendo ese momento con un equipo, sino de formar parte de una comunidad global.

Dos días de la intensidad de las Game Jams dan para muchas nuevas amistades, historias y anécdotas que serían difíciles de resumir. Pero lo que sí que nos ha quedado claro es que jugando se aprende. Y para participar no hace falta saber programar. Guionistas, músicos, ilustradores… representan la vertiente más artística, siempre necesaria. Así que, si os animáis a poner en vuestras listas de propósitos crear un juego, quizás nos encontremos el año que viene.

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