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Son tiempos difíciles para crear una empresa, para iniciar un proyecto, para arriesgar. ¡Qué podemos decir…! Si incluso son tiempos difíciles para mantener lo que ya se tiene, aquello que se ha conseguido después de años de esfuerzo y trabajo.

Es natural que las dificultades, el sobreesfuerzo y el estrés puedan provocar una frustración que se refleje en la manera en la que nos comunicamos. Muchas veces estamos enfadados, gruñones. Vivimos en un contexto que hace que muchas personas desaten su mal humor ante el menor de los problemas, pues el más mínimo contratiempo se acaba sumando a otros muchos que ocupan nuestro pensamiento.

Es comprensible que estemos indignados cuando vemos a dónde van nuestros esfuerzos, y más si comparamos nuestra realidad con otras incomprensiblemente fuera de nuestro alcance. Y aunque dicen que el humor es lo último que se debe perder, desgraciadamente estamos viendo situaciones en las que parece inevitable que no se pierda.

Sin embargo para algunos de los que, por fortuna, no hemos llegado a ese límite, nuestra comunicación es cada vez más agresiva y enojada. Y aunque de vez en cuando una mala palabra puede desahogarnos, nuestro enfado verbal puede desatar un círculo vicioso. Un círculo del cual es difícil salir, ya que la forma en la que nos expresamos ayuda a inducir a pensamientos y emociones negativas que cada vez crean una mayor irascibilidad.

Romper este círculo es cada vez más difícil, y más en la era de la comunicación. Recibimos mensajes continuamente que nos afectan de forma negativa. Mensajes que desatan indignación, mensajes que desatan envidia, incluso las omisiones de mensajes pueden afectarnos. Ante nuestras pantallas pasan continuamente mensajes de nuestros amigos, competidores, compañeros, jefes, políticos, exparejas… Una corriente continua de información que, por inmediata, muchas veces no somos capaces de procesar de una forma crítica sino impulsiva.

Es muy importante que estemos informados pero… ¿necesitamos toda la información que consumimos, en todas las pantallas o en todo momento? Quizás debemos plantearnos comenzar a evitar cierto tipo de mensajes en nuestro flujo continuo de información. Ser conscientes de ellos, estar al tanto si es necesario, pero no recibirlos continuamente.

Si estoy en contra de una política del gobierno y la conozco por la prensa, ¿necesito leer a su impulsor vendiéndomela en Twitter? Si mi jefe se va de vacaciones y nos deja a todos colgados en la oficina ¿necesito seguir su viaje minuto a minuto por Facebook?

Estos pequeños excesos de información, en su suma, hacen más fácil que se endurezca nuestra forma de comunicarnos o, en el caso de haber llegado a ese punto, que nos resulte más difícil salir de ese círculo. Son mensajes negativos que nos machacan cuando ya los hemos recibido por otras vías. Incluso en el caso de ser intranscendentes pueden afectar a nuestro carácter cuando pasan a una velocidad que no nos permite interpretarlos con la suficiente perspectiva.

El pasado verano Facebook reconoció que había manipulado el news feed de miles de usuarios para ver como afectaba a sus estados anímicos. Y es que estas plataformas que mejoran nuestra comunicación de una forma magnífica también emplean a equipos de psicólogos que trabajan para que pasemos más tiempo en ellas. Al fin y al cabo es uno de sus lícitos objetivos: a mayor tiempo en la plataforma, mayor consumo de publicidad. Pero hemos de recordar que estamos en nuestro derecho de escoger, por mucho que nos induzcan a una adicción por acumular amistades o followers.

Así que dejemos de seguir a nuestros jefes, a nuestros cuñados, a los ex que agregamos a nuestras redes demasiado pronto y a los portadores de malas noticias en general. De verdad, no es necesario. Centrémonos en las personas y en las cosas que de verdad nos importan y asumamos el resto de información con calma.

Es un ejercicio simple. Tomemos el control de los mensajes que recibimos para poder expresar los nuestros con positividad. Empezemos el año comunicando en positivo.

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